ENTREVISTA
ENTREVISTA: JOSEP MARIA
SOLER ABAD DE MONTSERRAT
"Es faltar a la verdad decir que la Iglesia está perseguida en
España"
Un sector de la
jerarquía católica tiene nostalgia del nacionalcatolicismo, asegura el abad de
Montserrat, para quien la Conferencia Episcopal "debería esforzarse por
crear un clima de confianza" en el diálogo con el Gobierno. Josep Maria
Soler añade que es falso que en España se persiga a la
Iglesia.
MARÍA ANTONIA IGLESIAS
DOMINGO
- 27-08-2006 El Pais
Tiene fama de hombre
prudente, pero no lo es. Porque no hace cálculos
interesados ni mide las consecuencias de hablar y nadar contra la corriente de
lo que hace y dice la jerarquía católica. Es monje de vocación, no le molesta el cliché de centroderecha, y ama a Cataluña sin
complejos. Desde su condición de abad de Montserrat mira a la
Iglesia con preocupación y perplejidad. Tiene rostro joven, sentido del humor y una serena actitud ante la vida. Josep M. Soler
tiene 60 años.
Pregunta. Como abad de Montserrat ocupa usted un lugar lo
suficientemente alejado y cercano como para poder hacer un diagnóstico certero de la situación de la Iglesia católica. ¿Cómo se ven las
cosas desde aquí arriba...?
Respuesta. Veo la Iglesia como una
realidad llena de vida, todavía, pero de una vida que languidece, sobre todo en
Europa. Pese a todo, quiero ser optimista.
P. Quizá la Iglesia languidece. Pero hace mucho ruido.
Sobre todo la española, que en los últimos tiempos se
ha empeñado en conseguir un notorio protagonismo provocador de confrontaciones
constantes con el poder político.
R. En estos últimos dos años se han
suscitado problemas que han provocado frecuentes encontronazos que no son
buenos para nadie. Pienso que
tendríamos que aprender, entre todos, que algunos de esos problemas no están
relacionados con la Iglesia. Otros problemas que
enfrentan al poder religioso con el político tienen una relación concreta con
el ámbito cultural de la tradición en este país; sobre
ellos debería producirse un diálogo sin suspicacias. Aquí lo
que habría que hacer es eliminar el rechazo o el miedo al otro.
P. Pues lo cierto es que la
jerarquía se comporta respecto del poder político como si sólo hubiera motivos
para la desconfianza y el sentimiento de agravio. Seguro que usted ha
reflexionado sobre cuál puede ser la razón de fondo para que esa actitud de los
obispos se haya ido enconando.
R. Sí que he reflexionado sobre este tema, porque me
preocupa seriamente. La Conferencia Episcopal debería esforzarse por crear un clima de
confianza en el otro lado. Es verdad que existe un sector de esa
jerarquía que mantiene una actitud aparentemente
uniforme frente al poder político. Pero también es cierto que
hay obispos que están convencidos de que la jerarquía católica tendría que
tener otro estilo de comportamiento respecto del Gobierno y de la
sociedad. Creo que un claro ejemplo de la necesidad de
mantener otro talante de mayor delicadeza y tolerancia nos lo dio el nuevo Papa
durante su visita a Valencia. Para mí, lo más
elocuente fue su advertencia de que él venía a proponer cosas positivas, no a
imponer nada y, mucho menos, a condenar nada. Y eso es para mí muy significativo, porque creo que a la Iglesia católica, a su
jerarquía, en concreto, le cuesta mucho aceptar que su papel es el de hacer
propuestas para ayudar a las personas. Los responsables de la
Iglesia en España utilizan un lenguaje demasiado dogmático en lugar de otro que
pueda ser comprendido por el otro.
P. ¿Diría que Benedicto XVI decepcionó al sector
beligerante de la jerarquía católica?
R. ¡Sin duda que la actitud
conciliadora y dialogante del Papa decepcionó al sector más intransigente! Creo
que la actitud de beligerancia e intolerancia que
mantiene ese sector de la jerarquía es fruto de otros tiempos ya felizmente
superados y quizá tenga que ver con un talante más radical, más...
mesetario, diría yo.
P. Algo vinculado al talante de la derecha española,
¿no?
R. Pues... sí, que tiene que ver bastante con esa
derecha española.
P. Algo que huele a nostalgia del nacionalcatolicismo de
los tiempos de la dictadura, por parte de quienes desearían mantener ese
omnímodo poder.
R. Sin duda. Pienso que es fácil percibir que un sector
de la jerarquía católica tiene nostalgia del nacionalcatolicismo, sobre todo en
ciertos círculos de la Conferencia Episcopal y, sin duda, en muchos de sus
documentos y en muchas homilías. Y lo cierto es que
ese nacionalcatolicismo añorado por ese sector de la jerarquía es algo del
pasado. La Iglesia debe aprender a situarse en otro
contexto social, y ese contexto, según la Constitución y desde la separación
entre la Iglesia y el Estado, se define como un verdadero Estado laico que
supone eso: una separación real entre lo que es el Estado y su lógico derecho a
promulgar leyes, y lo que es la Iglesia y la misión de la Iglesia, que no tiene
esa capacidad legislativa. Eso no quiere decir que la
Iglesia deje de decir lo que crea que debe decir en relación con la dimensión
trascendente de la persona, porque eso es enriquecedor para sociedad, pero
teniendo siempre presente que en un Estado aconfesional o laico, la voz de la
Iglesia es una voz que no puede imponer sus criterios a los legisladores.
P. ¿A qué tienen miedo los defensores de esa concepción
confesional del Estado? ¿A perder el poder, o la influencia en una sociedad que ya no controlan?
R. Querría creer que tienen miedo a que se pierdan
determinados valores, aunque también les preocupa ver cómo se les va de las
manos el poder que tuvieron. Pero creo también que lo que quieren es mantener una manera determinada
de entender España. Y también hay un proceso que a
ellos, a la jerarquía católica más conservadora, les preocupa muchísimo, yo
diría que les desborda realmente, que es el proceso de secularización de la
sociedad española. La cuestión sobre la que se debe interrogar la Iglesia no debe estar en relación con lo que ellos
identifican como crisis de fe, sino en responder con honestidad a la pregunta
de por qué no hemos sabido conectar el mensaje del Evangelio con las
inquietudes de la gente. Eso es lo que debería
preocuparles, lo que debería preocuparnos a todos. Desde mi punto de vista, ha
fracasado el lenguaje, el planteamiento demasiado intransigente de ciertos
temas que angustian al mundo moderno, y, sin duda, el no aceptar que, al final,
el hombre decide libremente sobre su vida, diga lo que
diga la Iglesia. Hoy, la Iglesia no está presente en
la sociedad y, lo que es peor, cuando está presente, lo está de modo
inadecuado, cuando no ridículo.
P. Me
imagino que esa realidad de su "desaparición" de la sociedad les debe
resultar muy dura. Pero ellos lo resuelven con una
explicación realmente desconcertante: aseguran que la Iglesia en España está
siendo perseguida.
R. Yo creo que es faltar a la
verdad decir que la Iglesia está perseguida en España. Se puede decir que es
criticada, o ignorada, pero tiene total libertad para decir lo
que quiera, para salir a la calle cuantas veces quiera (que ya lo hace). Lo que la jerarquía católica no quiere entender es que España
ya no es lo que era. Esto, que a algunos nos resulta
fácil de comprender, resulta insoportable para sectores de la Iglesia que no
aceptan los cambios democráticos. De ahí vienen los encontronazos y los
conflictos con un Gobierno que tiene que gobernar para toda la sociedad, y no sólo para los católicos.
P. Ya voy entendiendo por qué usted no
gobierna la Iglesia católica española. Pero no puedo evitar preguntarle si usted sería capaz de imponer la pobreza evangélica. Qué
pasaría si el Papa decidiera vender las propiedades
que no tengan un valor artístico, y por qué la jerarquía española acepta
subvenciones del Gobierno y luego muerde la mano que le da de comer.
R. Pienso que sólo una Iglesia
realmente pobre se puede considerar una Iglesia realmente libre. Pero también
es cierto que es muy difícil servir a la gente sin
tener medios en el mundo en el que vivimos. Montserrat es un
foco de vida espiritual que requiere del trabajo desinteresado de sus más de
ochenta monjes. Nosotros no recibimos ni un céntimo de las subvenciones
que recibe la Iglesia, pero sí alguna ayuda de otros
sectores. Evidentemente, podríamos hacer algún trabajo
productivo, pero eso nos obligaría a renunciar a nuestra labor espiritual.
Si el Papa tomara esa decisión liberadora, yo lo
aceptaría, aunque no sé si eso es lo que quiere el Señor, porque significaría
renunciar a la acción evangelizadora tal y como lo hemos hecho durante siglos.
En cuanto a la financiación de la Iglesia, pienso que
la fórmula vigente es la menos mala, y que si el Gobierno dejara de ayudarla,
ésta no podría prestar la ayuda social que ahora hace y que le ahorra al Estado
bastante dinero. Pero si tuviera que decidir yo, renunciaría a las subvenciones
y optaría por una Iglesia pobre pero libre.
P. Quizá de lo que no quiere, o
no puede, liberarse la Iglesia es del recurso a la explicación, mágica,
infantil, de la experiencia religiosa. Quizá por eso la gente que hoy vive en
libertad y racionalidad le está dando la espalda. ¿Por
qué se empecina en esa actitud?
R. Porque no saben hacer otra cosa. Porque es más complicado,
más exigente, proponer a la persona de Jesús desde un
planteamiento de inteligencia que no repugne la racionalidad, porque se ha
prescindido del respeto a la naturaleza superior de la condición humana. Y,
bueno, quizá no en todas partes ha sido así, porque la concepción mágica del hecho religioso ha sido más fácil de introducir en
Galicia que en Cataluña. Desde mi punto de vista, el concepto mágico prostituye
la verdadera naturaleza de la fe, que es una adhesión
racional, desde la afectividad y la inteligencia, a una creencia. Muchos
problemas que hoy tiene la Iglesia se deben a la
crisis del recurso a lo mágico, que hasta ahora apuntalaba unas verdades
incontestables. Unas verdades que no sólo son
contestadas por parte del hombre moderno, sino que, sencillamente, se
desmoronan. No existe un Dios tapaagujeros, ni
un Dios que soluciona problemas.
P. Lo cierto es que la jerarquía mantiene una pedagogía
ininteligible del Evangelio, no conoce la
misericordia, es anacrónica. Pero también es cierto que la Iglesia
monástica y contemplativa, como la de usted, mantiene un contumaz silencio
sobre esa actitud de esa jerarquía. No sé si lo hacen
por prudencia o por miedo.
R. Yo no afirmaría, de forma tan tajante, que la Iglesia carece de misericordia, aunque sí es cierto que
hay textos de la Iglesia española que tienen menos misericordia con la
condición humana, con el hombre que sufre, que el catecismo de la
Iglesia oficial. Me estoy acordando de un documento de la Conferencia Episcopal
sobre los teólogos y las actitudes morales que era realmente terrible. Creo que
esto es muy grave porque el Evangelio nos obliga a ponernos en el corazón del otro, en las angustias del otro, y, realmente, los
obispos españoles, como colectivo, no parece que sean capaces de hacerlo. Quizá
ellos teman que si adoptan una actitud de comprensión
y tolerancia se relajen las cosas, no sé. Me resulta
muy difícil comprenderles, la verdad. Pero lo que más
me preocupa es que esas actitudes de intransigencia son las que determinan a la
gente a ignorar lo que pueda decir la Iglesia a nivel ético, o el tema de la
moral sexual, por ejemplo. La Iglesia se resiste a
revisar sus criterios poniéndolos en el contexto de los avances de la ciencia,
de la medicina, de la antropología, y yo creo que urge esa reflexión.
P. Pero no me acaba de explicar
por qué, a la vista de tantos problemas como tiene la Iglesia, de tantos
errores como cometen, ustedes, los que viven refugiados en la vida monástica,
callan tanto, no denuncian, no se arriesgan.
R. Puede haber varias explicaciones. Una
es que puede haber una cierta opción monástica de estar un poco alejados
de estos temas. Otra, que los problemas que tiene la Iglesia
son tan complejos que en algunos monasterios les falta gente suficientemente
preparada para abordarlos. Y hay otros casos, como el
nuestro, que estamos entre el desierto y la plaza del mercado.
Cuando me he pronunciado sobre algo y lo que he dicho
no ha sido del agrado de la autoridad eclesiástica, me han enviado mensajes muy
claros de que yo, como monje, lo que tenía que hacer era limitarme a rezar y
callar.
P. Y ¿está usted de acuerdo con esa recomendación?
R. ¡No! ¡Por supuesto que no! ¡Ya lo está
comprobando usted! Pero es verdad que a veces, por prudencia, y para no complicar más las cosas, y sabiendo que hay obispos que
están intentando cambiar las cosas silenciosamente, procuras dar una palabra
sobre la necesidad de seguir el Evangelio sin provocar. Pero también es cierto
que mis homilías son muy claras y tienen una notoria
divulgación en Cataluña, en una emisora de radio de la Iglesia que...
P. No será la COPE...
R. ¡No! ¡Por Dios! Es Radio Estell. Pero
sí quiero reconocerle que tendríamos que ser más valientes y denunciar más
claramente situaciones en las que la Iglesia ni transmite ni vive el Evangelio.
P. Pero, con la excepción de
hoy, y de su persona, la Iglesia contemplativa calla. Que es tanto como
otorgar, como ser cómplice. Y lo malo es que, para la
gente, la voz de la Iglesia son ellos: Cañizares, Rouco Varela...
R. ¡No, no! ¡Gracias a Dios hay otras voces en la Iglesia! Por ejemplo, en el tema de la COPE, que yo ya no
la escucho, he hecho algunas gestiones en el Vaticano,
en la Nunciatura, y firmé un documento que se envió a la Conferencia Episcopal
protestando por sus contenidos. Creo que es lamentable que los obispos no
tengan el coraje de poner freno a la estrategia de
envenenamiento de la sociedad que llevan a cabo los más destacados
colaboradores de la emisora. Así lo dije y lo sigo
diciendo, y me parece muy triste que no haya una mayoría de obispos que tengan
el valor de poner fin a una situación que contradice y repugna abiertamente los
valores del Evangelio y también los de la convivencia democrática. Me atrevo a decir que los obispos mantienen la COPE en esos
niveles de beligerancia porque les interesa mantener, también, lo que ellos
pueden considerar una situación de equilibrio con... con la SER, aunque
pienso que la SER no es tan radical como la COPE... En definitiva, la
Conferencia Episcopal mantiene la COPE como está por una estrategia política y
no eclesial.
P. No parece que sea ésa la actitud de la jerarquía
católica española en temas tan polémicos como el "avance galopante"
de los nacionalismos, que les ha llevado a cerrar filas con el PP ante el
sedicente peligro de que España se rompa. Supongo que desde
Montserrat, que es el referente espiritual y religioso del nacionalismo
confesional, se ven las cosas de muy distinta manera.
R. No tengo esa visión catastrófica de la realidad. Pero
quisiera precisar que Montserrat, por su trayectoria, al menos durante el siglo XX, ha sido un lugar de acogida de todos y de todas
las mentalidades nacionalistas y no nacionalistas. Es verdad que Montserrat ha pasado por ser, en el imaginario popular, un referente del
nacionalismo, pero la realidad es mucho más amplia porque aquí han nacido
muchas formaciones políticas de muchas tendencias, y porque aquí se han
defendido los valores democráticos de forma comprometida y abierta. Equiparar
Montserrat a nacionalismo es una visión reduccionista. Como todo
monasterio benedictino, Montserrat está muy enraizado en la cultura catalana y
su lengua, pero no en contraposición o en confrontación con otras cosas.
En cualquier caso, quiero decir, rotundamente, que ese temor a
la desunión de España por parte de un amplio sector de la jerarquía
católica, esa ofensiva contra lo catalán que también se hace desde el ámbito de
la derecha política, no corresponde a la realidad ni a lo que siente la inmensa
mayoría del pueblo catalán. Tampoco se puede justificar la
posición de la jerarquía católica en el Estatut, que no es en absoluto
rupturista. Pero sí es cierto que esa actitud y ese mensaje de que
España se rompe han hecho mucho daño a la convivencia
en el interior del Estado español.
P. Lo cierto es que hemos visto una
sintonía total entre las tesis del PP y la actitud de la jerarquía. ¿Por qué?
¿Qué razones les llevan a esa complicidad tan
explícita?
R. Creo que la jerarquía católica tiene la convicción de
que hay que defender lo que ellos llaman la unidad de
España, que, según ellos, los nacionalistas quieren romper. Ellos mantienen que
la unidad de España, según ellos la entienden, claro,
es un bien moral, lo cual es absolutamente falso y no tiene base teológica.
Pero lo más importante es que, desde mi punto de vista,
la Iglesia no debe quedar identificada con ningún partido concreto, en este
caso con el PP como lo está haciendo. Lamentablemente, la mayoría de obispos
creen que los nacionalismos ponen en peligro la unidad
de España, y eso no es así. Una cosa es la unidad de
fe, y otra muy diferente, el tema de la organización política de una sociedad,
de un Estado que puede tomar mil formas.
P. Pues me imagino cómo ha
debido de sentirse al oír a monseñor Cañizares que las autonomías y la
autodeterminación van en contra del cristianismo porque el cristianismo es
unidad.
R. Las afirmaciones de monseñor Cañizares me han dejado
estupefacto.Además de no tener la más mínima apoyatura
teológica, contradicen la propia identidad de Cataluña, de su historia. Es
cierto que el cristianismo es unidad, pero unidad de fe, unidad en la
solidaridad, como lo es la unidad con la Iglesia de
Europa. ¡Pero no hace falta que sea una unidad
política, porque entonces tendríamos que hacer con todos los católicos del
mundo un solo Estado!
P. ¿Hasta qué punto piensa usted que habría sido
contraproducente que la Conferencia Episcopal hubiera aprobado aquel documento
"nonato" en el que apostaba claramente por la defensa de la unidad de España en contraposición a los procesos
autonómicos?
R. Se lo diré sin rodeos: habría
sido problemático y dañino que la Iglesia hubiera aprobado ese documento. Por
eso, desde Montserrat, valoro muy positivamente la actuación
de algunos obispos que impidieron que se aprobara ese texto que nos hubiera
llevado a una polémica. Y ya tenemos bastantes polémicas en el interior de la
Iglesia.